Parabola del Juez Injusto

pantocratorCuando venga el Hijo del Hombre, ¿encontrará justicia en la tierra?

Si o no encontrará fe en la tierra, sólo el tiempo lo dirá. Pero, nos preguntamos ¿encontrará justicia en la tierra?

Encontrara a los justos retribuidos equitativamente y a los criminales castigados proporcionalmente por sus crímenes? ¿Encontrará los bienes del mundo distribuidos bien, entre las personas honestas, todos viviendo en armonía, con cuidado a los vulnerables y la reverencia por los viejitos? ¿Encontrará la gente comunicando con discreción, dando mutuamente el beneficio de la duda, ayudándose unos a otros generosamente, superando antagonismos con sereno respeto mutuo? Encontrara Él todo esto cuando Él venga otra vez?

La viuda de la parábola buscaba justicia. Ella tenía una demanda legal. Podemos suponer que tenía un caso sólido en contra de alguien que la había engañado a ella.

El juez le debía una audiencia. Le debía una investigación sobre los hechos. Le debía a ella su trabajo como agente de la justicia. ¿Por qué, después de todo, tendríamos jueces, si no celebran audiencias, si no investigan los hechos, si no aplican las leyes, y hacen veredictos justos?

Pero este juez no lo haría. No se avergonzaba de admitir a sí mismo que no lo importaba nada. Tal vez un amigo poderoso lo nombró juez como favor personal, a pesar de que no tenía intención alguna de cumplir con sus deberes. O, tal vez él se había vuelto perezoso durante una carrera larga de fracaso frustrante. Tal vez comenzó como idealista. Pero año tras año, escuchó testimonios llenos de mentiras. Año tras año, trató de aplicar las leyes de manera justa, sólo para que el rey cambie las leyes para el beneficio de sus compinches. Año tras año, la verdadera justicia eludió su alcance. Así se dio por vencido. Tal vez eso es lo que pasó a este juez.

Anno Fidei inauguration Benedict XVIDe cualquier manera–ya sea desde el principio, o después de las decepciones–este juez había crecido perezoso, vago hasta los huesos.

Así que el enfrentamiento dramático se produjo. La viuda presenta su reclamación. El juez hace caso omiso de su demanda. Ella se enfada. Él la ignora más. Ella se pone furiosa con indignación justa. Ella aprieta su andador. “Su Señoría, o usted tiene una audiencia, como exige la ley, o yo le pongo los ojos morados antes de que pueda llamar a un mariscal, ayúdame Dios mío.”

Harto, cínico e inmune como era, el juez sabe que la viuda tiene derecho a estar enojado. Él sabe que no hay que defraudar a las viudas. El juez casi no cree en la justicia en la tierra, pero él sabe que el hombre desea la justicia, desea la verdad.  Él sabe que estos deseos no desaparecerán del alma humana. Así que tiene que hacer algo por esta viuda.

Yo no sé de ustedes, pero mi parte favorita de la encíclica del Papa Benedicto XVI sobre la esperanza cristiana es cuando trata de la Escuela de Frankfurt de la teoría social.

La Escuela de Frankfurt sostuvo que no se podía creer en Dios, porque hay demasiada injusticia entre los hombres. ¿Qué clase de Dios lo permita? Por otro lado, la Escuela de Frankfurt también sostuvo que no se podía tampoco rechazar la existencia de Dios. Porque si así fuera, se trataría de establecer la justicia perfecta por medios humanos independientes. Y eso, la historia ha demostrado, sólo empeora las cosas. El asesino más despiadado es la inclinación ateísta en el establecimiento de la sociedad humana perfecta.  El país de México lo vio hace un siglo.

El Papa Benedicto responde a la Escuela de Frankfurt, explicando nuestra fe cristiana en el Juicio Final. Nosotros no creemos en un dios vago que ignora toda la injusticia en la tierra. Creemos en Cristo crucificado por los pecados de la humanidad. Y creemos que Él, Jesucristo, Aquel que verdaderamente inocente y justo sufrió por nosotros–creemos que Él vendrá otra vez a poner todo en orden.

Citando Papa Benedicto:

Este inocente que sufre [Jesucristo] ha alcanzado la certeza de que: Dios existe, y Dios sabe crear la justicia de un modo que no podemos concebir, sin embargo, podemos intuir en la fe. Sí, existe la resurrección de la carne. Si hay justicia. Existe la ‘revocación’ del sufrimiento pasado, la reparación que restablece el derecho. Por esta razón, la fe en el Juicio final es ante todo la esperanza.

Estoy convencido que la cuestión de la justicia es el argumento esencial o, en todo caso, el argumento más fuerte en favor de la fe en la vida eterna. Sólo en relación con el reconocimiento de que la injusticia de la historia no puede ser la última palabra, llega a ser plenamente convincente la necesidad del retorno de Cristo y la vida nueva. (Párr. 43)

Si Cristo no viene de nuevo, entonces, ¿cuando se satisfacen nuestros deseos de la justicia? ¿Cuándo todos los males sean corregidos? Y si Él no viniera, entonces ¿por qué molestarse en tratar de hacer lo correcto? Si Cristo no trae la justicia, entonces nadie lo hará, porque nuestros intentos humanos siempre se quedan cortos.

Pero, como sabemos, Él viene otra vez. Eso no es realmente de lo que se trata. La pregunta es: cuando venga Él, ¿nos encontrará orando, con esperanza, y el anhelando la justicia?

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